Cuando el alma aún recordaba lo salvaje

 



Hubo un tiempo, no tan lejano como algunos creen, en que el hombre no se pensaba señor del mundo, sino hijo suyo. No había levantado todavía ese muro invisible que hoy separa su pecho de la tierra, ni había puesto entre su mirada y los montes la fría soberbia de quien solo sabe contar, pesar, medir y poseer. Entonces el bosque no era madera en espera, ni el río un mero caudal domesticable, ni la montaña un obstáculo, ni la llanura un solar pendiente de utilidad. Entonces cada cosa era lo que era: presencia, misterio, vida.

El mundo natural no precisaba defensa, porque nadie había caído aún en la ceguera de exigir a la vida que justificara su derecho a existir. El roble valía por ser roble. El lobo por ser lobo. La piedra por guardar en su silencio una porción del tiempo antiguo. El agua no tenía que demostrar su rentabilidad; bastaba con que descendiera limpia entre las peñas, reflejando el cielo. El hombre, en aquellos días de memoria más honda, comprendía que no estaba sobre la trama del mundo, sino tejido dentro de ella.

Esa verdad, que hoy algunos quieren presentar como novedad filosófica, fue durante milenios un saber elemental. Los pueblos antiguos, las culturas primarias, los hombres que aún escuchaban el viento sin burlarse de él, sabían que la tierra no era un escenario muerto, sino una realidad viva. Sabían que todo lo existente posee un valor que no depende del uso humano. Sabían también que la salud del monte, del río, de la pradera y de las criaturas no era una cuestión secundaria, sino la condición misma del orden del mundo. Y por eso miraban con reverencia donde nosotros, tantas veces, solo miramos con cálculo.

La civilización moderna, por el contrario, se ha ido edificando sobre una amputación interior. Para dominar mejor, ha necesitado dejar de sentir. Para explotar sin freno, ha debido vaciar de alma cuanto toca. Así, el bosque dejó de ser comunidad y pasó a ser recurso. El animal dejó de ser hermano de destino terrestre y quedó reducido a pieza, cifra o mercancía. La tierra dejó de ser madre, matriz o hogar, y fue rebajada a superficie, parcela, rendimiento o reserva. No fue una mera transformación del lenguaje: fue una degradación de la mirada. Y toda degradación de la mirada acaba trayendo consigo una degradación del mundo.

Decimos progreso y rara vez reparamos en la sombra que esa palabra arrastra. Con ella se ha bendecido la tala, la desecación, la herida abierta en la montaña, el silencio creciente de los campos, la desaparición de lindes, insectos, aves y cantos. Con ella se ha cubierto de noble apariencia la expansión de una forma de vida que, allí donde llega, convierte lo diverso en uniforme, lo vivo en útil y lo sagrado en mercancía. Mas no todo lo que avanza asciende, ni todo lo nuevo mejora, ni toda victoria del hombre sobre la tierra es sino una derrota más honda de sí mismo.

Porque la salud de los sistemas naturales no es solo una conveniencia práctica, ni únicamente una garantía de supervivencia material. Es también la expresión de un orden más profundo al que pertenecemos, lo recordemos o no. Cuando un río es envenenado, no solo se corrompe el agua: se corrompe también la relación del hombre con el origen. Cuando un valle es cubierto de asfalto, no desaparece únicamente un paisaje: se mutila una forma de memoria. Cuando el mundo viviente enferma, enferma asimismo el alma humana, aunque esta tarde en reconocerlo y busque distraerse entre artificios.

Nuestro cuerpo, por mucho que la soberbia tecnológica lo disfrace, sigue siendo el de un mamífero vertebrado. Late con ritmos viejos, responde a la luz, al frío, al agua, al cansancio y al alimento como responden los demás vivientes. No somos ángeles caídos sobre el barro, ni inteligencias puras accidentalmente encerradas en carne. Somos carne de la tierra, respiración prestada, agua que siente, hueso que un día volverá al polvo. En nosotros no hay nada que nos separe por esencia del gran tejido de la vida; lo que nos separa es una ficción cultivada, una pedagogía del desarraigo.

Y sin embargo, algo en nosotros se resiste todavía a olvidar. Por muy lejos que llegue la ciudad, por muy alto que se eleven sus torres, por mucho ruido con que intente ahogar el murmullo antiguo del mundo, el alma humana continúa mostrando señales de su nostalgia. Hay un estremecimiento que muchos sienten ante el bosque profundo, una paz que desciende junto al agua corriente, una reverencia involuntaria al contemplar ciertas montañas, ciertos cielos de invierno, ciertos atardeceres sobre la hierba o sobre la piedra desnuda. Esa conmoción no es un capricho estético. Es reconocimiento. Es memoria. Es la parte más antigua del hombre respondiendo a la llamada de aquello de lo que nunca dejó de formar parte.

Por eso las culturas antiguas y los pueblos que aún no han roto del todo su alianza con la tierra conservan un magisterio que la modernidad desprecia a su propio riesgo. No porque vivan en una inocencia idealizada, ni porque deban ser convertidos en adornos románticos para la culpa occidental, sino porque en ellos pervive una comprensión que nosotros hemos debilitado: la de que la vida no es un agregado de objetos, sino una comunidad de presencias. Allí donde todavía se honra al río, al bosque, a la montaña o al animal no como simple cosa, sino como realidad portadora de sentido, el mundo permanece más entero.

Acaso la gran tarea de nuestro tiempo no consista solo en conservar especies, restaurar hábitats o frenar la devastación material, siendo todo ello necesario, sino en recobrar una forma más justa de habitar. Una manera de estar en el mundo sin declararle guerra. Una manera de mirar sin convertirlo todo en propiedad. Una manera de recordar que la tierra no precisa de nuestra condescendencia, sino de nuestro respeto. Tal vez el verdadero progreso no sea levantar más sobre el suelo, sino aprender por fin a no profanarlo.

No estamos fuera de la naturaleza. Jamás lo estuvimos. La civilización misma, con todos sus templos, murallas, máquinas y pantallas, no deja de ser un episodio dentro de la gran historia terrestre. Su drama comienza cuando olvida ese origen y se rebela contra él. Entonces el hombre, al declararse centro absoluto, pierde la medida. Y al perder la medida, pierde también la gracia de pertenecer.

Quizá aún no sea tarde para volver a escuchar. No con la ingenuidad del que fantasea con un retorno imposible, sino con la humildad del que reconoce que ha vivido demasiado tiempo de espaldas a la fuente. El mundo natural sigue ahí, herido pero vivo, aguardando no nuestra superioridad, sino nuestro cambio de corazón. Los montes aún guardan silencio suficiente para enseñar. Los ríos aún conocen el camino. El viento aún trae noticias de una verdad más antigua que nuestros sistemas. Y el alma humana, pese a todo, continúa vagando por territorio salvaje.


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