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La domesticación del paisaje

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  Cuando la Tierra solo se tolera si obedece. Uno de los signos más reveladores de nuestra civilización no es solo la destrucción directa de la naturaleza, sino algo quizá todavía más profundo y más inquietante: su necesidad de domesticar el paisaje . Antes de arrasar del todo un territorio, muchas veces lo recortamos, lo simplificamos, lo limpiamos, lo ordenamos y lo reducimos a una versión aceptable para la mirada humana. No soportamos del todo lo salvaje. Lo toleramos únicamente cuando ha sido corregido, disciplinado, vuelto dócil. Ese es uno de los grandes dramas de nuestro tiempo. Ya no basta con ocupar montes, encauzar ríos, asfaltar caminos o levantar urbanizaciones. Además de eso, necesitamos que todo cuanto quede vivo se adapte a nuestra lógica. Queremos árboles, sí, pero que no molesten. Queremos pájaros, pero que no ensucien. Queremos vegetación, pero que no se descontrole. Queremos naturaleza, siempre que no tenga espinas, barro, sombra excesiva, espesura, misterio ni...