Las Matres: las Madres del territorio y la fertilidad de la Tierra

 



En numerosos territorios de Europa occidental —desde la Galia hasta Britania y zonas de la Hispania prerromana— aparecen inscripciones dedicadas a unas divinidades femeninas conocidas como Matres o Deae Matres (las Madres).

No eran diosas abstractas del cielo ni figuras morales.
Eran potencias ligadas al territorio, a la fertilidad de la tierra, al ciclo vital y a la continuidad del linaje.

Un culto anterior al cristianismo

Las Matres aparecen representadas en estelas y relieves romanos entre los siglos I y III d.C., pero su origen es anterior. Roma no crea el culto: lo integra.

En las representaciones se muestran como tres mujeres sentadas, a menudo sosteniendo:

  • frutos
  • panes
  • cestos
  • niños
  • cuernos de abundancia

No simbolizan “riqueza” en sentido material moderno. Representan la capacidad generativa de la Tierra.

La tríada no es casual. El número tres en tradiciones indoeuropeas expresa totalidad cíclica: nacimiento, plenitud y declive; siembra, maduración y cosecha; vida, muerte y retorno.

Las Madres no eran abstractas

Las inscripciones conservadas muestran que no eran divinidades universales, sino locales.

Se las invoca con epítetos vinculados al lugar:

  • Matres Aufaniae
  • Matres Suleviae
  • Matres Ollototae

Esto indica algo fundamental en el animismo antiguo:
cada territorio posee su propia potencia femenina generadora.

No existe una “Madre Tierra” genérica.
Existe la Madre de este valle, de esta fuente, de esta comunidad.

Relación y no adoración

El culto a las Matres no consistía en devoción emocional ni en moral religiosa.
Era relación práctica con el ciclo vital.

Se pedía:

  • fertilidad para los campos
  • protección del ganado
  • continuidad del linaje
  • salud para la comunidad

Se ofrecían pequeños altares, inscripciones votivas, alimentos.

No se trataba de salvación individual.
Se trataba de permanencia del ciclo.

La dimensión animista

Las Matres no estaban separadas del territorio.
No descendían del cielo.

Eran la Tierra misma entendida como potencia viva y generadora.

En este sentido, el culto a las Matres es una expresión clara de cosmovisión animista:
la fertilidad no es fenómeno biológico aislado, sino acción de una presencia.

Cuando Roma absorbe estos cultos, los encuadra en su sistema religioso.
Pero su raíz permanece: la tierra tiene voluntad, carácter y capacidad de dar o negar.

La desaparición y la memoria

Con la cristianización, muchas de estas potencias femeninas fueron reinterpretadas o absorbidas por cultos marianos locales.

Sin embargo, la idea no desapareció del todo.
En tradiciones rurales sobrevivieron formas de respeto a la tierra, a las fuentes y a las “madres” del lugar.

El animismo antiguo no murió: fue silenciado.

Pero las estelas siguen ahí.
Las inscripciones siguen ahí.
La memoria arqueológica es clara:
hubo un tiempo en que el territorio no era paisaje, sino matriz viva.


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