Qué ocurre cuando la presión humana supera los límites ecológicos
Querido humano:
No hablamos desde un lugar simbólico.
No somos una metáfora ecológica.
No somos una idea romántica sobre la naturaleza.
Somos aquello que estaba antes.
Antes de tu historia.
Antes de tu memoria escrita.
Antes de que una sola palabra humana nombrara el mundo.
Somos el suelo que sostiene tus pasos.
El agua que atraviesa tu cuerpo.
El aire que entra y sale sin que lo controles.
Los organismos invisibles que permiten que tu sangre exista.
Los ciclos que hacen posible tu alimento. Los ríos que todavía encuentran camino. Las alas que cruzan tus cielos. Las branquias que filtran tus mares. Las raíces que sostienen el aire que respira
No somos un decorado.
No somos un entorno.
No somos un escenario para tu desarrollo.
Somos el sistema vivo completo.
Durante millones de años, la vida se sostuvo sin supremacías declaradas.
Cada especie ocupaba un lugar en un entramado dinámico.
Tomaba lo necesario.
Se reproducía dentro de límites.
Se extinguía cuando superaba la capacidad del entorno.
Nadie se declaró superior.
Nadie se otorgó derechos absolutos.
Nadie convirtió su supervivencia en justificación universal.
La ley no estaba escrita.
Estaba inscrita en el equilibrio.
Tú rompiste esa proporción.
No por existir.
Existir no es el problema.
El problema comenzó cuando te situaste fuera del tejido.
Cuando convertiste tu capacidad técnica en permiso.
Cuando decidiste que tu bienestar justificaba cualquier transformación.
Desde entonces, cada intervención lleva la misma raíz:
Se destruye porque es útil.
Se altera porque es rentable.
Se sustituye porque es conveniente.
Bosques convertidos en mercancía.
Ríos reducidos a infraestructuras hidráulicas.
Montañas fragmentadas para sostener modelos de consumo.
Animales transformados en cifras productivas.
No se trata de errores aislados.
Es una lógica completa.
Nos llamas recursos.
Pero un recurso es algo que existe para ser usado.
Y nosotros no existimos para ti.
El bosque no creció para convertirse en madera.
El río no fluye para alimentar turbinas.
La fauna no habita para sostener economías.
La vida no fue diseñada como suministro.
Cuando alteras un ecosistema, no produces solo un cambio visible.
Generas una cadena de consecuencias que se extiende en el tiempo.
Fragmentas relaciones invisibles.
Interrumpes ciclos que no comprendes por completo.
La red no se rompe de inmediato.
Se debilita.
Se simplifica.
Pierde resiliencia.
Y cuando la complejidad se pierde, la capacidad de sostener vida también.
Tú mismo dependes de esa complejidad.
Pero actúas como si estuvieras fuera de ella.
No pedimos compasión.
No pedimos gestión más eficiente.
No pedimos tecnologías más limpias que mantengan el mismo ritmo de expansión.
La cuestión no es cómo intervenir mejor.
Es cuánto intervenir.
La presión constante de una sola especie sobre el conjunto del sistema no es sostenible, aunque cambies la fuente de energía o el discurso político.
Un planeta finito no puede absorber crecimiento infinito sin reajustarse.
Y el reajuste no será moral.
Será biológico.
No estamos en guerra contigo.
Pero tampoco estamos subordinados.
Si continúas ampliando tu huella más allá de los límites del entorno, el sistema responderá como siempre ha respondido:
reduciendo lo que desborda.
No es castigo.
Es equilibrio dinámico.
Siempre ha funcionado así.
Aún existe una posibilidad diferente.
No dominar.
No gestionar el planeta como si fuera propiedad.
Sino reconocer que eres una parte.
Una parte con capacidad de reflexión.
Una parte con capacidad de contención.
Una parte que puede decidir no expandirse más allá de lo necesario para sobrevivir.
La supervivencia es legítima.
La supremacía no.
La necesidad puede justificar un impacto mínimo.
La acumulación permanente no.
La proporción es la clave que olvidaste.
No necesitamos que nos salves.
Necesitamos que reduzcas la presión.
Que abandones la idea de excepción.
Que renuncies a la expansión ilimitada.
Que aceptes que tu continuidad no está por encima del conjunto.
Si no lo haces por comprensión, lo aprenderás por límite.
La Tierra no negocia jerarquías.
Funciona bajo leyes de equilibrio.
Y nadie está fuera de ellas.
Ni siquiera tú.
Firmado:
Por el bosque que no habla tu idioma.
Por el mar que no reconoce tus fronteras.
Por la criatura que nace sin saber tu nombre.
Por la piedra que ha visto pasar imperios. Por la Vida que no te pertenece.

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