La Tierra se defiende
La Tierra no dialoga.
No persuade.
No entra en mesas de negociación ni acepta calendarios de transición.
La Tierra responde.
Responde cuando se la drena hasta dejarla hueca.
Cuando se la corta en fragmentos funcionales.
Cuando se la horada buscando energía, litio, agua, rentabilidad.
Cuando se la cruza sin atención, se la pisa sin escucha, se la ocupa sin permiso.
La respuesta no tiene intención moral. No castiga ni premia. Ajusta. Corrige. Reequilibra. Como lo ha hecho siempre.
El error humano ha sido creer que esa respuesta podía ser administrada. Que bastaba con cambiar el discurso, optimizar procesos, pintar de verde la maquinaria, sustituir una fuente de energía por otra sin tocar el fondo del problema.
Pero el problema nunca fue técnico.
Fue ontológico.
El crecimiento como religión
El crecimiento no es una ley del mundo.
Es una creencia.
Una creencia reciente, agresiva y profundamente antinatural. Una fe que ha colonizado todos los ámbitos de la vida humana: economía, política, ciencia, identidad personal. Crecer es avanzar. Crecer es triunfar. Crecer es vivir. Todo lo que no crece es sospechoso. Todo lo que se detiene es fracaso. Todo lo que decrece es derrota.
En la Tierra viva, esa lógica no existe.
Los bosques maduros no crecen: se estabilizan.
Los ríos sanos no aumentan su caudal: lo regulan.
Las poblaciones animales no se expanden sin límite: se ajustan o colapsan.
En los sistemas vivos, el crecimiento infinito es síntoma de enfermedad. Tumor. Parasitismo. Desequilibrio grave. Nada que dure puede crecer sin fin. Nada que pretenda ocuparlo todo puede sostenerse.
Solo una especie ha decidido ignorar esta evidencia básica.
Solo una especie ha convertido el exceso en virtud.
Solo una especie se ha proclamado excepción biológica.
Y esa excepción no existe.
El mundo no es materia inerte
La modernidad ha reducido la Tierra a superficie explotable. Ha fragmentado el territorio en parcelas, recursos, reservas, infraestructuras. Ha convertido el suelo en soporte, el agua en caudal útil, el bosque en volumen maderable, los animales en unidades productivas.
Pero el mundo no es un conjunto de cosas.
El territorio percibe.
Percibe la presión continuada, la repetición de la herida, la ocupación constante. Percibe cuándo una presencia es respetuosa y cuándo es invasiva. Percibe el ruido que no cesa, la luz que no se apaga, el tránsito que no descansa.
Hay lugares que se cierran.
Hay valles que expulsan.
Hay ríos que enferman cuando se los fuerza.
Hay montes que se vuelven estériles no por azar, sino por saturación.
No hace falta invocar mitologías para entenderlo. Basta observar cómo cambia un sitio cuando se lo convierte en objeto. La vida se retira. El equilibrio se rompe. El sistema se empobrece.
Eso no es poético.
Es físico.
La mentira de la gestión
La civilización industrial se cree gestora del planeta. Habla de gobernanza ambiental, de servicios ecosistémicos, de capital natural. Traduce la vida a cifras para no tener que escucharla. Convierte relaciones vivas en gráficos para poder dominarlas.
Pero la vida no se deja gobernar.
Puedes medir un río, pero no ordenarle fluir.
Puedes cercar un bosque, pero no poseerlo.
Puedes catalogar especies, pero no reducirlas a inventario.
La Tierra no reconoce ministerios ni mercados. Reconoce balances energéticos, ciclos cerrados, límites termodinámicos. Reconoce cuándo una presión supera la capacidad de regeneración. Y actúa en consecuencia.
El lenguaje humano de la gestión es una estrategia de negación. Una forma elegante de no aceptar que el control se ha perdido.
El humano como especie desbordada
El problema no es que el ser humano exista.
El problema es que no sabe ocupar un lugar limitado.
No acepta la contención. No acepta la renuncia. No acepta la pérdida como parte de la vida. Ha confundido habitar con expandirse, vivir con consumir, estar con dominar.
Ha roto el pacto antiguo que mantenía a las comunidades dentro del equilibrio: tomar solo lo necesario, devolver silencio, dejar zonas intactas, aceptar temporadas de escasez. Reconocer que no todo se toca. Que no todo se cruza. Que no todo se convierte en derecho.
Durante milenios, muchas culturas supieron leer señales. Sabían cuándo no cazar. Cuándo no sembrar. Cuándo no entrar. Sabían que había lugares que no se nombraban y tiempos que no se forzaban.
Eso no era espiritualismo ingenuo.
Era inteligencia ecológica.
El colapso como corrección
El colapso no es un fallo del sistema Tierra.
Es su mecanismo de ajuste.
Cuando una especie sobrepasa todos los límites, el sistema la reduce. No por castigo, sino por necesidad. No hay intención. Hay consecuencia.
Civilizaciones enteras han desaparecido por menos presión de la que hoy ejerce la civilización industrial. Ninguna fue salvada por su tecnología. Ninguna fue rescatada por su relato de progreso.
La Tierra no distingue entre buenas intenciones y malas. Distingue entre presión sostenible y presión letal.
El colapso no es una anomalía histórica. Es la respuesta lógica a una expansión sin freno.
Volver a ser pequeños
La única salida real no es innovadora, ni verde, ni prometedora. Es más modesta. Más lenta. Más silenciosa. Más localizada.
Menos presencia humana.
Menos huella.
Menos velocidad.
Menos demanda.
Aceptar vivir con menos no como sacrificio moral, sino como ajuste necesario. Aceptar que no todo se recupera. Que no todo se repara. Que muchas pérdidas son definitivas.
Volver a ser especie entre especies.
Volver a escuchar cuándo un lugar dice “basta”.
Volver a ocupar sin imponer.
No es un camino popular.
No es un camino heroico.
No es un camino compatible con la civilización del crecimiento.
Pero es el único que no contradice la realidad viva del mundo.
La Tierra seguirá
Con humanos o sin ellos.
Con ciudades o con ruinas.
Con cables o con raíces.
La Tierra no necesita ser salvada.
Necesita ser dejada en paz.
Y quizá, solo quizá, algunos humanos aprendan a quedarse sin ocuparlo todo. A existir sin crecer. A vivir sin dominar. A aceptar que no son el centro, ni el destino, ni la medida de nada.
No como dueños.
No como gestores.
Sino como presencia pasajera en un mundo que no les pertenece.

Comentarios
Publicar un comentario