Restauración de la naturaleza
RESTAURAR NO ES SUFICIENTE
I. Restaurar es admitir el daño
Cada vez que se aprueba un plan para restaurar la naturaleza, se reconoce algo fundamental: hemos ido demasiado lejos.
Si hay que restaurar ríos, es porque los hemos alterado.
Si hay que reforestar, es porque hemos talado.
Si hay que recuperar suelos, es porque los hemos agotado.
En ese sentido, toda restauración es un gesto necesario. No es despreciable. Es mejor reparar que seguir ignorando.
Pero reparar no equivale a corregir la causa.
II. Restaurar mientras se expande es contradicción
El problema no es que se restauren espacios.
El problema es que se restauran mientras se sigue ocupando.
Se anuncian hectáreas recuperadas al mismo tiempo que se proyectan nuevas infraestructuras.
Se celebran reforestaciones mientras se amplían autopistas.
Se habla de regeneración mientras el modelo general sigue creciendo.
Esto no es restauración profunda.
Es compensación funcional.
Y la naturaleza no funciona como una contabilidad.
Un bosque no sustituye a otro.
Un ecosistema no es intercambiable.
Una pérdida no se neutraliza con una plantación simbólica.
Cada territorio tiene historia, relaciones invisibles, procesos que no se reinstalan por decreto.
III. Restaurar sin frenar es aplazar
Si la presión no disminuye, la restauración se convierte en mantenimiento constante del daño.
Es como aceptar que el sistema seguirá rompiendo, pero intentaremos arreglar después.
Eso no es transformación.
Es administración del deterioro.
Mientras la lógica dominante siga siendo expandirse, intervenir, transformar y ocupar, cualquier plan de recuperación será provisional.
No se trata solo de reparar lo ya destruido.
Se trata de dejar de destruir.
IV. La raíz no es técnica
No estamos ante un fallo de gestión.
Estamos ante un exceso de presencia.
La intervención humana ha pasado de puntual a estructural. No se trata de actividades aisladas, sino de una ocupación continua del territorio.
Cuando una especie modifica sistemáticamente ríos, bosques, costas, montañas y mares para sostener su propio ritmo de expansión, el problema no es la falta de regulación. Es la escala.
Restaurar exige reconocer que la escala actual es incompatible con la estabilidad del conjunto.
V. Restaurar implica retirarse
Aquí está el punto que casi nadie quiere nombrar.
Restaurar no es plantar árboles.
Restaurar es dejar espacio.
Es reducir presencia.
Es aceptar límites reales.
Es asumir que no todo territorio debe estar al servicio de nuestras necesidades.
La regeneración natural existe.
Los ecosistemas saben reorganizarse si se les permite.
Pero para eso hace falta algo más difícil que aprobar leyes: hace falta contener la expansión.
VI. Más allá del aplauso
Celebrar planes de restauración es fácil.
Lo complejo es preguntarse si estamos dispuestos a cambiar la estructura que hace necesarios esos planes.
Si la respuesta es no, la restauración será eterna.
Un ciclo continuo de daño y reparación.
Si la respuesta es sí, entonces no hablamos solo de restaurar, sino de reducir presión.
Y ahí es donde la incomodidad empieza.

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